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22.9.16

La depre y esas mierdas

Hoy me voy a poner seria y a hablar de un tema que no tiene nada que ver con lo que soléis ver aquí. Pero después de mucho tiempo rumiándolo, creo que es hora de abrir mi corazón (mi cerebro más bien) y hablar un poco sobre salud mental. Hace falta. A mí me hace falta, lo voy a hacer casi como terapia. Y a vosotros seguro que os gusta.

Quiero hablar de este tema para aportar mi granito de arena y tratar de desestigmatizar los trastornos mentales por lo menos entre vosotros, mis queridos lectores, para concienciaros y que seáis capaces de comprender una situación que en muchas ocasiones es ninguneada, menospreciada o incomprendida. E incluso que, a lo mejor, seáis capaces de reconocerla y pedir ayuda en caso de que os identifiquéis con lo que voy a contar.

Tengo un trastorno de ansiedad generalizada y depresión.



Hace casi diez años, justo al acabar mi carrera, comencé a sufrir crisis de ansiedad. Fue empeorando paulatinamente: empecé por sentir como un nudo en la garganta continuo durante los exámenes finales al que no di mucha importancia (estaba nerviosa, era normal), después comencé a tener problemas para respirar en algunas ocasiones, notaba con si mis pulmones pesaran y me costaba respirar hondo y tragar saliva,  dormir se me hacía cada vez más difícil, perdí el apetito y no fui al médico hasta que pasé tres días seguidos sin pegar ojo y en la última noche, agotada y angustiada, sufrí una taquicardia tan fuerte que pensé que me iba a morir. Os juro que creía que me estaba dando un infarto. Ese día fui a urgencias, me hicieron un elecetrocardiograma correctísimo, me dieron un Valium y en 15 minutos estaba como la seda.
15 minutos antes pensaba que palmaba.

La ansiedad consiste en que el sistema nervioso entra en modo de pánico (taquicardia, sudor, respiración acelerada, estado de alerta) sin estímulo externo alguno. Al cerebro le da por ahí y vives con la sensación continua de que algo horrible está pasando o va a pasar sin ningún tipo de justificación.

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Tengo mucha suerte y es que en mi familia hay personas escépticas y muy sensatas que rápidamente y con toda la naturalidad del mundo, me aconsejaron que visitara a un especialista.
Es duro y lo primero que se siente es vergüenza cuando te recomiendan ir a un psiquiatra. Es un acto que, aún a estas alturas, es tan tabú en nuestra sociedad. Cuesta aceptarlo y se pasa mal, se siente como un fracaso.
Por suerte, una vez más, me recomendaron una doctora increíble: comprensiva, atenta, amable... que me escuchó un buen rato y me mandó tres cosas: buscarme una afición, hacer ejercicio y un tratamiento farmacológico para poder dormir. ¡La afición ya sabéis cuál es! y empecé a ir al gimnasio.
Al finalizar el primer tratamiento volví a estar mal. ¡No todo funciona a la primera! Así que me mandaron otro tratamiento de ansiolíticos muy flojitos que esta vez funcionó muy bien aun después de terminarlo.

Precioso.
Continué llevando a cabo los consejos de la doctora, me dediqué en cuerpo y alma a distraerme con el cosplay (creo que se nota), a tratar de tener la mente ocupada y a ponerme en forma (lo del gimnasio no duró tanto, aunque ahora he vuelto). Y durante un largo tiempo pareció funcionar hasta que tuve una recaída muy fuerte hace dos años. Ya no sólo empecé a tener insomnio, palpitaciones, falta de apetito y dificultades para respirar. Es que me sentía apática, vacía, no tenía ganas de hacer nada, me costaba levantarme por las mañanas, no le encontraba sentido a nada, estaba muy sensible... me costaba vivir y cualquier actividad se me hacía cuesta arriba a unos niveles insospechados. ¿Os acordáis de cuando repetí tres veces los tirantes de Leeloo porque no me gustaba cómo me salían y todo me parecía una mierda? Fue exactamente en ese momento. Y el inicio del tratamiento coincide con la compra de mi primera cámara réflex.

Entonces, con la ayuda de mi familia, volví a la doctora y esta vez me dijo que en vez de ansiolíticos me iba a mandar antidepresivos porque me veía con los ánimos muy bajos. Se me vino el mundo encima y volví a sentirme una mierda, un fracaso, una persona débil, triste y un desastre total. ¿Cómo alguien como yo, a quien las cosas tampoco le habían ido tan mal en la vida, podía tener depresión?

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Se suele oír que este tipo de trastornos se tienen porque se quiere, que los enfermos no queremos trabajar, sólo buscamos atención y, lo peor de todo, que no tenemos fuerza de voluntad.
Escuchar eso cuando estás de bajona absoluta sienta como una patada en los higadillos porque absolutamente nada de eso es cierto. No sé si es porque no he llegado hasta el punto de estar terriblemente mal, pero jamás me he cogido una baja por esto en el trabajo. Cosa que, por otro lado, es perfectamente factible y respetable (debía haberla pedido).

Y os aseguro que no estamos mal porque queramos. El estado de ánimo se estanca de tal forma que es imposible cambiarlo a voluntad, te domina, te envuelve y la sensación es como la de estar en una cárcel, en un callejón sin salida. Es horrible y nadie más que nosotros desearíamos salir de ese estado en ese momento y no molestar a los demás con nuestras llantinas, nuestras inseguridades irracionales y nuestras miradas vacías hacia el horizonte con los mocos asomando.
"¡Sonríe!", "todo va bien", "tienes trabajo", "tienes gente que te quiere", etc, te dicen tus allegados en un vano intento de que dejes de sentirte muerto por dentro. Y es que estar deprimido se suele asociar a estar triste; pero es mucho peor que eso. Es sentirse inútil, culpable, prescindible, inseguro, impotente, es tener miedo, es no ser capaz de disfrutar de las cosas que antes te gustaban, es sentir una desconexión total con lo que te rodea, sentir que no encajas como si se te hubiera olvidado vivir. Para mi lo peor de todo cuando estaba mal era escuchar música y no sentir nada. ¡Nada! Apatía, vacío, desconexión. Mirar a mi perro a los ojos, a esos ojitos negros como dos canicas gordas y no sentir ternura, sólo sentir la existencia aplastándome. Me acuerdo de que me ponía vídeos de Loulogio y no conseguía reírme.

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Tanto la ansiedad como la depresión y otros trastornos mentales no ocurren porque seamos débiles, pusilánimes o vagos. Ocurren porque la química que regula el cerebro deja de funcionar correctamente. Son enfermedades  con causas reales, físicas, con su diagnóstico y su tratamiento igual que cualquier otra.



Imaginaos lo absurdo que sonaría si a alguien que tiene una neumonía se le dijera: "Venga, ánimo, sal de la cama, respira. Sé positivo, no tosas. Es que, claro, con esa actitud no te va a bajar la fiebre. Mira que eres flojo con esos escalofríos" Suena estúpido, ¿verdad? (Aunque con el cáncer se hace porque la gente es gilipollas). Pues cuando tienes este tipo de trastornos lo escuchas y mucho. A mi mi abuela me suele decir que eso se cura con un par de hostias o con un jarro de agua fría (¡Qué ánimos! La perdono porque es mayor) y otras personas te dicen que por qué no sonríes, que ni siquiera lo intentas. Y tú te sientes mal por dos: por sentirte mal de entrada y por no poder mostrarte como una persona normal ante los demás, por no ser capaz de no incomodar al resto del mundo con tu aura de anhedonismo. Porque tu actitud es molesta, da mal rollo, genera malas vibraciones y eres un estorbo. Miravetealamierda.

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Es curioso porque todos estamos acostumbrados a hacer lo que nos pide el cuerpo, a escuchar sus "señales", a dejarnos llevar por nuestros pensamientos. Pero con estos trastornos hay que aprender que lo que te pide el cuerpo es fruto de una distorsión y no puedes hacer caso a tus pensamientos porque no se corresponden con la realidad, porque se adquiere una tendencia automática muy fuerte a la negatividad, al miedo, a la inseguridad y al aislamiento.



Por fortuna para mí, mi entrono ha sabido apoyarme en el 99% de las ocasiones (el 1% es mi abuela y sus hostias), me ha escuchado, me ha comprendido y ha respetado mi estado de ánimo cuando estaba hecha un guiñapo, llorando por las esquinas sin ganas de vivir, sintiéndome la basura más grande de la historia de la humanidad. Y eso ha sido algo tremendamente importante para mi. Porque no hay nada peor que estar deprimido y que te atosiguen a frases de Paulo Coelho.

En fin, que me he ido por las ramas. Comencé mi tratamiento con antidepresivos (inhibidores de la recaptación de serotonina) con mucha vergüenza y abatimiento, además de la psicoterapia, que aún no llevo del todo bien. El principio fue horroroso porque estos medicamentos empiezan a hacer efecto semanas después de tomar la primera pastilla y es muy agobiante. Estamos muy mal acostumbrados a tomar una pastillita y que a la media hora se nos pase lo que quiera que tengamos y esto no funciona así. Yo empecé a sentirme ligeramente mejor un mes o mes y medio después de empezar con el tratamiento. Y con ligeramente mejor me refiero a dejar de sentirme horrible a ratitos.
Entonces hubo un día en que, misteriosamente, no me sentía tan abatida, y a la semana siguiente fueron dos y al mes siguiente fueron cinco días buenos. Muchos meses después, de repente, un buen día, me di cuenta de que estaba volviendo a funcionar como una persona, a cantar en el coche, a sentirme bien con mis cosplays, a reirme con gilipolleces, a disfrutar de las cosas y a no sentirme una caca humana.







No estoy curada ni muchísimo menos y gran parte de mis "síntomas" forman parte de mi personalidad. Mi forma de ser de entrada es de tendencia neurótica y depresiva y eso no es un problema, lo llevo bien. El problema es cuando no se puede hacer vida normal, se convierte en enfermedad cuando el bienestar se ve afectado.
Gracias al apoyo de mi entorno y al tratamiento estoy aprendiendo a reconocer los signos, a analizar mis pensamientos, a observar cuándo funciono mejor y peor, a manejar mejor las situaciones estresantes, a atreverme a hacer cosas que me agobian... a vivir con ello.
Porque sé que aún me queda mucho camino y cargaré con mis mierdas toda la vida. Habrá temporadas mejores, las habrá peores y habrá que adaptarse a lo que venga. Es como el que tiene diabetes, psoriasis, anemia, alergias... Son enfermedades con las que hay que aprender a vivir y a mí me ha tocado esta.

Como habréis observado, mis circunstancias no me ha impedido (ni permitiré que lo impidan) llevar a cabo mis aficiones, mi trabajo ni a hacer vida normal dentro de un orden. Ahora mismo estoy en un buen momento, me han bajado la medicación, parece que todo va bien y mis ánimos están bastante estables. He aprendido que lo mejor para que no me entre el bajón es mantenerme activa aunque a veces al principio no me apetezca. Porque, creedme, a mí de entrada nunca me apetece hacer absolutamente nada; pero me comprometo, hago cosas y luego me animo porque veo que me ha gustado. Entonces me surge otro plan, acepto y el ciclo del horror se repite.
Eso no quita que tenga días en los que siga deseando desaparecer de la faz de la tierra, que sea una persona insegura, introvertida y que todo se me haga bastante cuesta arriba. Porque yo veo a todo el mundo que parece que hacer su vida les sale del tirón y yo a cada paso que doy sufro lo indecible. Pero ahí vamos.

Y por esto me hace mucha gracia cuando la gente va por ahí diciendo que si tengo el ego subido, que si me creo alguien. Porque la mayor parte del tiempo me la paso sintiéndome un pequeño truño. Pero un truño que ya no siente  vergüenza.

Espero que este megatocho os haya servido para algo y ¡no dudéis en comentar!



1 comentario:

  1. Buenas!
    Gracias por compartir tu experiencia y sabiduría. Este tipo de artículos son muy necesarios, tienes toda la razón en lo que has escrito, cuando hablas o te desahogas diciendo estas cosas la gente te dice: ánimo o tienes trabajo y dinero! Pero...eso a mi solo me hace sentirme peor porque...debería estar bien por ello?y por qué no lo estoy? Y entonces la culpabilidad. La gente trata a la salud mental como algo inventado y necesita más visibilidad. Así que, me alegra que escribas este tipo de posts y me alegra mucho que estés mejor además de que tu círculo te ayudara :) como has dicho, hay que enfrentarse a la vida y mantenerse activa...Pero a veces cuesta muchísimo.
    Besos!

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